Historias inesperadas (I)

Hoy tengo ganas de contarles un cuento.

Ana María y Andrea, su amiga colombiana, se juntaban esa tarde a tomar un café en el centro de Múnich con algunos amigos y conocidos de Andrea. Como el clima era agradable -hablando en términos de clima alemán, quería decir ni más ni menos que ese día el sol asomaba tímidamente, pero entibiaba al fin; no había llovido y la temporada de nieve todavía se encontraba a un par de meses de distancia-, decidieron caminar. Andrea, que ya llevaba varios meses viviendo allí señalaba el rumbo, y Ana María se limitaba a seguirla totalmente fascinada, observando boquiabierta cada moldura, cada edificio, cada negocio, cada esquina. Desembocaron en una de las calles más importantes de la ciudad y siguieron caminando hacia al norte, mientras hablaban a voz en cuello y se reían a las carcajadas de quien sabe qué idea nueva o qué anécdota recurrente. De repente Ana sintió un tironcito suave en su brazo, y un muchacho rubio, de ojos azul celeste y mirada diáfana las increpó.

Hablaba perfecto español, con marcado acento cordobés. Se presentó como Lukas, les explicó que las había escuchado hablar al pasar y al notar que una de ellas hablaba como argentina no había resistido el impulso de detenerlas. Ana contestó que efectivamente ella era argentina. Extrañada todavía por la situación, y pensando en su fuero interno que era decididamente lindo, sintió ganas de quedarse con él charlando un rato más. Le explicaron que habían quedado ya en verse con unos amigos en un café y Lukas decidió ir con ellas. En el transcurso de la tarde les contó que tenía 24 años, 6 más que ellas; que había vivido varios meses en Córdoba como parte de un intercambio universitario y que era allí donde había aprendido a hablar español; que estudiaba Letras y hablaba varios idiomas. Las chicas a su vez le contaron que estaban instaladas por unos meses allí, que querían aprender alemán y que amaban la ciudad, su gente y su cultura. Entre charla y café, descubrieron que el mejor amigo de Lukas, Juan, era de la misma ciudad que Ana, y que el padre de ésta era a su vez muy amigo de la madre de aquél. Es que el mundo es un pañuelo, dijeron todos.

Charlaron un buen rato. Más de una vez las miradas de Ana y Lukas se cruzaron, y ella se descubrió incapaz de sostener la suya. Hacía ya tiempo que no sentía semejante timidez ante un hombre. La tarde pasó rápidamente y Lukas se levantó para retirarse. Ana deseó fervientemente que le pidiera su teléfono; sabía que quería volver a verlo. Él se inclinó y le pidió el número de celular a Andrea, quien se lo dio sin pensarlo dos veces. Ana disimuló su decepción rápidamente y compuso su cara con una sonrisa. Se despidieron, y ambas volvieron a casa. Tenían mucho que hacer: en unos días viajaban a Berlín con amigos y debían organizar todo para el viaje. La semana pasó tan velozmente que ninguna de las dos volvió a recordar aquel encuentro, y de repente se encontraron en el tren rumbo a la capital.

Una vez allí se dedicaron a recorrer todo Berlín: los restos del Muro, la Puerta de Brandenburgo, el Checkpoint Charlie y varios museos. Una noche, en la terraza del Parlamento alemán, desde donde disfrutaban la vista panorámica de la ciudad, Lukas envió un mensaje al celular de Andrea, pidiéndole el número de teléfono “de la argentina”. Andrea buscó inmediatamente a Ana María y le mostró el mensaje. Ambas se miraron.

(To be continued…)

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Acerca de aureliana001

Mujer, 25 años, y una dispersión galopante que desemboca en una variedad de hobbys bastante particular. De profesión estudiante (largamente aburrida) de finales pendientes ad eternum de Derecho. Ver todas las entradas de aureliana001

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