Historias inesperadas (IV)

Ana María abrió los ojos, sobresaltada. El sonido del despertador la había arrancado abruptamente del sueño profundo en que se hallaba inmersa. Atontada todavía, manoteó torpemente en la oscuridad hacia donde, creía, provenía el molesto pitido. Sintió el quejido del plástico al chocar contra el piso y romperse en mil pedazos. El silencio absoluto que se hizo a continuación le confirmaron que el aparato no había sobrevivido a la caída. Molesta, se sentó en la cama y se desperezó. El cansancio no había cedido en toda la noche. Sintió náuseas, provocadas por las pocas horas de sueño y las dos tazas grandes de café de la noche anterior.

Se duchó, se preparó un té con tostadas y se dirigió a su escritorio, donde la esperaban una pila de libros de donde asomaban papelitos dispuestos en todas direcciones a modo de señaladores. Tomó un libro y calculó la cantidad de hojas que todavía le quedaban por leer, más las que debía volver a repasar. En total sumaban aproximadamente mil, y la letra era chica. Suspiró resignada, y se sumergió en la lectura.

Hacía 4 años que se encontraba de vuelta en Argentina. Había ingresado en la Universidad y ya no veía la hora de terminar para poder volver a Alemania. Había dejado muchos amigos muy queridos, y sólo un par había viajado a visitarla. Trabajaba de vez en cuando para poder juntar el dinero necesario para volver. Se hallaba aún muy lejos de la meta, pero estaba determinada a conseguirlo.

En una pausa de estudio prendió la computadora. Ingresó a Facebook, como solía hacer cuando la lectura la saturaba. Comenzó a revisar la página principal de noticias, cuando de repente saltó en la silla. Rianna, una amiga alemana, acababa de agregar entre sus amigos a Lukas H. Ana no podía creerlo. Tenía que ser el mismo con el que ella había salido; el apellido era muy poco común. Hacía años que no había vuelto siquiera a pensar en él. No estaba segura de recordar bien su rostro. Y no sabía que Rianna y él se conocían. Sonriendo todavía, cliqueó en el nombre para asegurarse de que efectivamente era él. Tras dudarlo unos segundos le envió una solicitud de amistad, y esperó.

Al día siguiente tenía una confirmación de solicitud aguardándola. Le envió un mensaje saludándolo y preguntándole si la recordaba. Lukas apareció en el chat. Le tomó poco tiempo a Ana darse cuenta que él no sabía quién era ella. Sonrió. Han pasado ya casi cinco años, pensó, y sólo tuvimos una cita. Decidió sacarlo del apuro, relatándole la cena que habían compartido. Él se acordó de inmediato. Se disculpó, le explicó que ella había cambiado demasiado físicamente en ese tiempo y que a pesar de que había visto sus fotos no había podido relacionar a la muchacha que a él había conocido con la mujer que ahora veía.

Pasaron los meses. Ana y Lukas se cruzaban ocasionalmente en el chat, y cuando ocurría hablaban por horas. Compartían gustos musicales, cinéfilos, literarios. Tenían un sentido del humor muy parecido, y la conversación siempre fluía por los canales menos pensados. Sin darse cuenta siquiera, comenzaron a hablar todos los días. Semanas más tarde comenzaron a quedar de acuerdo para encontrarse. Luego decidieron realizar una videoconferencia. Ambos estaban sumamente nerviosos. Cuando Lukas apareció en la pantalla Ana sonrió. Era todavía más atractivo de lo que recordaba o mostraban las fotos. Volvía a escuchar su voz de nuevo, su acento cordobés, su risa.

Unos días después Lukas le dijo, seriamente: Quiero viajar a Argentina. Quiero verte.

Ana se paralizó en la silla. Sintió el corazón desbocarse en el pecho.

(To be continued…)

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Acerca de aureliana001

Mujer, 25 años, y una dispersión galopante que desemboca en una variedad de hobbys bastante particular. De profesión estudiante (largamente aburrida) de finales pendientes ad eternum de Derecho. Ver todas las entradas de aureliana001

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