Archivo mensual: octubre 2011

Con el corazón en la mano

Habrán notado que estuve ausente las últimas semanas. Creo que intenté evitar, por todos los medios, poner por escrito lo que me estaba pasando. Y sentía deshonesto y banal hablar de cualquier otra cosa que no estuviera relacionada con todo esto.  Tenía miedo de que al verbalizar aquello que me perturbaba, que no me daba paz, lo haría aún más real, más presente, ineludible. Hoy creo que en realidad la única forma de exorcizar el miedo es ponerlo en palabras, sacarlo afuera y dejarlo ir.

Tengo problemas con el manejo de situaciones estresantes. Por lo general soy una persona inquieta, que emprende actividades diversas. Me interesan la política, las fundaciones, lo académico, lo artístico. El tema es que empiezo poniéndome las pilas y al poco tiempo, al notar mi buena predisposición o mis ganas de hacer cosas, terminan cargándome con más y más actividades, de modo tal que a las pocas semanas termino escapando indefectiblemente de lo que fuera había empezado.

Hago terapia desde que tengo 15 años, con algunos años de interrupciones entre medio. Empecé yendo por un Trastorno Obsesivo Compulsivo (más conocido como TOC), que irrumpió en mi vida a la tierna edad de 12 años y con el que tuve que vivir por 3 años más sin diagnosticar hasta que mis padres se dieron cuenta que algo no andaba bien. Hoy en día se trata de un trastorno más conocido, más aceptado, más “común”, por decirlo de alguna manera. En aquel tiempo para mi familia era algo casi estigmatizante. Además de tener que pelear con ese demonio interno, sentía la vergüenza de no ser “normal”. Me decían que no dijera nada de mis visitas al psicólogo, mucho menos de la medicación que esporádicamente devenía necesaria, ni siquiera al resto de mi familia. Por años viví con miedo a no encajar, a no ser aceptada, a ser el bicho raro, discriminada. Aún ahora, seudónimo mediante, me cuesta hablar de esto.

Para el adentro luchaba con algo que no comprendía, que me torturaba, que me seguía adonde fuera. Para el afuera luchaba con problemas de socialización porque no sabía cómo relacionarme con mis pares. La burbuja que supuestamente me protegía me alejaba de la gente. Fueron años de pelearla, de tratar de reconstruirme. No es fácil cambiar la esencia. De muy chica tomé inconscientemente la decisión de que no era esa la persona que yo quería ser. No quería que esa condición me definiera y resultara una excusa, un lugar fácil donde esconderme y decir ” no puedo porque no estoy bien”. Elegí el camino difícil, pero el único que me daba la posibilidad de llevar una vida plena eventualmente. Con el tiempo empecé a hacer amigos, a salir a bailar, a dejar atrás complejos. A los 18 años me dieron el alta, el TOC era parte del pasado. Me fui a Alemania, salí con chicos, empecé de nuevo en un lugar donde ni un alma era conocida y ese bagaje, esa carga que había llevado era una mochila invisible. Y fui muy feliz.

Y luego hubo que volver. Empezar la universidad. Lidiar con un corazón roto. Pasar por un bloqueo de meses que casi me llevó a perder un año en la facultad y del que repunté a manotazo de ahogado. Luego vino nuevamente la paz, aunque sólo en apariencia. Desde que volví de mi intercambio supe que San Juan no era más mi lugar. Nunca pude volver a acomodarme del todo, sentirme cómoda. No volví a sentir esa libertad. Y la angustia fue creciendo silenciosamente como bola de nieve. El hecho de tener que volver a vivir con mis padres para poder terminar con mis estudios, de volver a un ambiente que no es el que yo hubiera elegido de tener más opciones empezó a repercutir en mí.

En julio comencé con ataques de pánico. Tres o cuatro en una semana. Boyfriend se desesperaba porque lo único que podía hacer era escucharme ahogarme y quedarme sin aire por el teléfono, mientras me murmuraba frases tranquilizadoras. Ya en terapia seguí trabajando en eso, me medicaron por estrés porque descubrieron un desarreglo químico que podía ser el causante.

Empecé a hacer cuentas para el dichoso viaje a visitar a Boyfriend. Los números no me cerraron, no eran los que yo esperaba ver, y para poder ir tenía que endeudarme feo. Pudiendo trabajar sólo esporádicamente, y ganando quinientos pesos si es que podía trabajar ese mes, se entiende que en mi caso endeudarme no resulte aconsejable. Finalmente pusieron las fechas de exámenes, y me di cuenta que si me iba aunque fuera cuarenta días atrasaba todo aún más. Y ahí el pánico a perder a Boyfriend, a que la distancia dejara de ser algo sólo físico para ser emocional. En el medio de todo, empecé a colaborar voluntariamente con un partido político chiquito, relativamente nuevo, formado por gente excelente que nunca se había metido en política antes y estaba harta de la situación actual. La suma de cosas desencadenó en otro ataque de pánico el miércoles pasado.

El sábado iba manejando de vuelta a casa, cuando mi mano derecha comenzó a moverse sola. Estacioné a un costado, le pedí a mi mamá que siguiera manejando ella sin decirle el porqué. A los pocos kilómetros parecía que mi brazo había cobrado vida propia, se movía en todas direcciones golpeando mi pierna, la puerta del auto, sin parar. Para cuando llegué a casa la pierna derecha corría la misma suerte. Llamaron a la ambulancia, aparecieron una doctora muy simpática y dos enfermeros que me sujetaron. Me medían la glucemia, la presión, la temperatura. Terminé con suero en un brazo y una ampolla entera de calmante encima, con la recomendación de que fuera urgente a un neurólogo, pero que podía ser sólo estrés. El domingo yo me había ofrecido como voluntaria para Fiscal General, como cada vez desde que voto. No pude. Boyfriend me acompañó todo el día computadora mediante, dado que es el único recurso que tenemos por ahora. A la noche otro episodio similar, pero ya con todo el cuerpo. Sentía la cabeza levantarse y golpear de nuevo contra el colchón varias veces, sin parar. Mi mamá llamando de nuevo a la ambulancia, y a mi papá para que volviera a casa. De nuevo los médicos, esta vez inyección en la cola y el médico diciendo que no creía que fueran convulsiones sino crisis nerviosa, pero que fuera al neurólogo por las dudas. Todavía no puedo conseguir turno, pero supongo que mañana ya podré ir. Boyfriend me acompañó hoy de nuevo todo el día desde la compu. Tenía mil cosas que hacer y se las arregló para volver a chequear mi estado entre una y otra. Es un santo. Nunca en mi vida quise a alguien tanto como a él.

Así que en eso estoy. No quiero pecar de desagradecida ni de quejosa, porque es cierto que en muchas cosas he sido una privilegiada. Tuve una buena posición económica y muchas posibilidades. Pero el hecho de que mis padres tengan dinero no quiere decir que yo lo tenga. Y aprendí que para el afuera puede parecer todo muy lindo y perfecto, pero si adentro está nublado pocas cosas cuentan. Es sólo una época, no de las más lindas por cierto, y va a pasar. Creo que estas cosas sirven para fortalecerse. Pero también es cierto que uno no puede ir para adelante sin hacer un parate y mirar hacia atrás y hacia el costado.

Y hoy elijo, nuevamente, seguir para adelante.


Decisiones

Les conté en algún momento que Boyfriend planeaba venir en enero a visitarme. Como los dos estamos tapados de fechas y actividades (yo todavía arrastrando finales y él por presentar su tesis doctoral, no me pregunten de qué se trata porque todavía no lo entiendo bien y ya me da vergüenza volver a preguntarle, pero sé que tiene que ver con idiomas y que es muy difícil), no volvimos a vernos desde abril. Y lo extraño, y mucho.

Llevaba un par de meses imaginando el reencuentro, cuando de repente la siguiente imagen cruzó por mi cabeza: Boyfriend, alemán de pura cepa, acostumbrado al frío, la nieve y las temperaturas bajo cero, instalado en San Juan, en pleno enero con 45° promedio, justo en esa época en que todo sanjuanino que tiene ahorros los invierte (no es gasto, es inversión en este caso) para escapar despavorido del calor agobiante del desierto. Lo imaginé semi rostizado, sin querer salir a la calle (a veces juraría que, en días de viento Zonda, se siente algo muy parecido al fuego en el aire) y mirándome con odio por haberlo sometido a eso.

Entonces lo decidí. ¡Me voy yo! Llevaba cuatro años ahorrando para poder comprar un pasaje a Alemania cuando me recibiera y pasar tres meses de vacaciones vagando por Europa. Saqué cuentas y mis míseros ahorros de estudiante full time, que sólo puede trabajar dos mañanas por semana, apenas me alcanzaban para comprar el pasaje. Tengo una cantidad mínima de dinero para gastar allá. Pero no me importa. Voy a pasar un mes y medio con Boyfriend y mi familia de intercambio allá, lejos de todo. Y creo que nunca necesité eso más que ahora.

En los próximos días compro pasaje. Estoy esperando a que la gente divina de mi facultad (reemplacen divina por el epíteto que les plazca) cargue las mesas de noviembre y diciembre así puedo planificar y no perder ningún turno (aunque parezca mentira todavía no lo han hecho). Mientras más me atrase con la facultad, más lejos está la mudanza definitiva a Múnich. Boyfriend me ofreció pagarme el pasaje, pero le dije que no. Prefiero hacerlo yo. Por un lado por una cuestión de independencia y libertad. Por el otro siento que, de alguna manera, también a él le queda la tranquilidad de que voy por amor y que no hay ningún tipo de interés mezquino disimulado. Veré que hago allá, tendré que aprender a decir “changa” en alemán.

Así que gente, a partir de diciembre estaré reportando desde Alemania.


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