Cuarto de siglo

Ayer fue mi cumpleaños. Sí, soy de Virgo, como seguramente estarán calculando mentalmente varios. En lo que a mí respecta podría haber sido de Piscis, Tauro o Géminis que no distingo la diferencia. Me niego a creer que el hecho de haber nacido en un período de tiempo particular determine mi personalidad. En teoría, según he oído decir, yo debería ser perfeccionista y sumamente ordenada. Tengo bastante de perfeccionista, pero el orden definitivamente no es uno de mis puntos fuertes -en este preciso momento, mi habitación podría haber sido tranquilamente el escenario de guerra de un par de tribus salvajes dispuestas a destruir todo a su paso-. De todas maneras, creo que el argumento más contundente radica en la vaguedad de las expresiones que utilizan los oráculos de los astros, tales como:

  •  Dinero: cuidado con lo que haces con él, de lo contrario no llegarás a fin de mes. (En la situación actual de nuestro querido país esto se aplicaría al 90% de la población, aunque sean austeros).
  • Amor: no descuides a tu pareja, podría cansarse de tí (consejo válido para cualquier signo).
  • Bienestar: “Debes cuidar tu salud y no cometer excesos. Si acompañas el cuidado con un poco de deporte suave, tu cuerpo estará agradecido” (LNonline de hoy). No se la jugaron ni un poquito.

Finalmente terminé de obviar todo consejo o predicción astrológica cuando un buen día, mientras curioseaba la sección en cuestión de algún diario o revista me di cuenta que en realidad los intercambiaban a gusto y piacere de mes en mes y de signo en signo.

En otro orden de cosas, ayer fue un día realmente lindo para mí. Mi familia y mis amigos me acompañaron durante todo el día, a la tarde a puro mate y a la noche entre pizzas, birra y tortas varias. Aquellos que por estar en otra provincia o afuera del país no pudieron acompañarme físicamente se encargaron de llamar por teléfono o llenar mi muro de mensajitos. Resulta tremendamente gratificante sentirse tan querida por la gente que uno quiere tanto.

Fue un momento de replanteos también. El terminar de digerir que ya estoy lejos de ser chica y el hecho de asumirme como mujer, con nuevas responsabilidades y proyectos. Fue un cuarto de siglo fuera de serie, con sus cosas buenas y sus cosas malas, pero me animo a decir que el balance es positivo. Apareció asimismo una cierta necesidad de agradecer también el haber vivido 25 años increíbles, llenos de oportunidades y rodeada de gente realmente adorable. Soy consciente de que me ha tocado mucho más que a mucha gente, y creo que eso también me genera el deber de devolver a la sociedad, al que no tiene, aunque sea una parte de todo aquello que me tocó por nacimiento y no por mérito propio. Para mí, eso de vivir cada día como si fuera el último no significa un pase libre al libertinaje absoluto, sino vivir de forma tal que si muriéramos mañana, tendríamos la conciencia tranquila por haber dado mucho, por haber pensado y sentido con el otro.

Ayer fue uno de mis mejores cumpleaños. ¿Cuál fue el tuyo?


Historias inesperadas (II)

Andrea sonrió y bajó la mirada. Le preguntó a Ana si quería que le pasara el número o si prefería que le contestara con alguna evasiva, aun adivinando la respuesta. Ana reflexionó en silencio unos instantes, sabiendo que habían códigos de por medio que era mejor no romper. Andrea comenzó a escribir el número de Ana y envió el mensaje con una mueca entre burlona y divertida.  Su amiga suspiró aliviada. Siguieron conversando animadamente, hasta que minutos más tarde el celular de Ana sonó. Lukas la invitaba a cenar. Le contestó que se encontraba en Berlín, que en pocos días estaría de vuelta y que también le gustaría verlo de nuevo.

Cuando finalmente llegaron a Múnich Lukas llamó para coordinar. Quedaron en que Ana tomaría el subte hasta Münchner Freiheit, en pleno corazón muniquense, donde Lukas pasaría a buscarla alrededor de las ocho. Cuando llegó la noche señalada, Ana se arregló lo mejor que pudo. Cambió varias veces de vestuario frente al espejo. Nada la convencía del todo. Los kilos ganados en los meses que llevaba viajando le resultaban difíciles de disimular. Por suerte es invierno, se consolaba a sí misma, con toda la ropa que necesito para resguardame del frío tal vez no se note. Se decidió finalmente por un estilo más bien casual, se maquilló levemente y partió con un nudo en el estómago.

Para llegar debía hacer varias combinaciones. Caminó hasta la estación de tren con paso veloz; no quería llegar tarde. Iba bajando la escalera cuando sintió el sonido característico del tren al arribar al andén. Maldita puntualidad alemana, farfulló entre dientes, mientras saltaba los escalones de tres en tres a riesgo de doblarse un tobillo en la carrera. Las puertas comenzaron a cerrarse y Ana María saltó hacia el interior. Todavía agitada buscó un asiento y se observó en el reflejo de la ventanilla. Ya estaba despeinada. Fastidiada, cerró los ojos, mientras mentalmente repetía todas las paradas que todavía debía atravesar para llegar a destino.

Los venticinco minutos exactos que duró el viaje, en su ansiedad, le parecieron una hora y media. Descendió en Marienplatz, donde debía abordar el subte. Insegura, buscó los carteles de señalización; aun no se encontraba familiarizada con la red de transporte de Múnich a pesar de que era considerada una de las más organizadas de toda Europa. Encontró el subte correspondiente, chequeó que la dirección también fuera la correcta y esperó. Cinco minutos después abordaba.

Llegó a Münchner Freiheit con el corazón acelerado. Le escribió un mensaje a Lukas para avisarle que ya se encontraba allí, como habían convenido. Transcurrieron cinco minutos. Diez. Ana comenzó a impacientarse. ¿Y si no se reconocían? Después de todo no se habían visto durante mucho tiempo y de esto hacía ya un par de semanas. Comenzó a caminar, cavilando, de una punta a la otra. En eso estaba cuando apareció Lukas, con paso apurado, disculpándose por la demora. La saludó apresuradamente con un beso en la mejilla, y se ruborizó ligeramente cuando le confesó que debía ser uno de los pocos alemanes para quienes la puntualidad era una batalla perdida de antemano. Ana María sonrió asegurándole que no había esperado tanto de todas maneras. El nudo en su estómago no parecía dispuesto a ceder ni un milímetro.

Lukas la guió por las calles de Schwabing, donde se encontraban. A pesar de la hora la noche ya se había cerrado sobre ellos. Ana no lograba discernir exactamente dónde se encontraba. De repente desembocaron en una casa enorme, bellísima, de estilo señorial, y él sacó una llave de su bolsillo. Ana María se sobresaltó. Había entendido que saldrían a cenar a un restaurante, un lugar neutral, y se encontró cruzando el umbral de la casa de un perfecto desconocido, en un país donde ni siquiera hablaba todavía el idioma, donde nadie sabía donde estaba en ese momento. Reacomodó rápidamente la expresión de su cara a una sonrisa lo más distendida posible.

La llevó hasta el piso superior. Le explicó que la casa había pertenecido a sus abuelos y que ahora la habían subdividido con sus tíos. Ingresaron en la cocina y Lukas descorchó una botella de vino que había comprado especialmente para la ocasión. Con un destello de picardía en la mirada le enseñó el lugar de origen. Era el de la provincia de Ana. Ella sonrió, halagada de que hubiera reparado -y recordado-el detalle. Sirvió la bebida en dos copas y terminó de dar los últimos toques a la comida.

Lukas sabía cocinar, y muy bien, de hecho. A la ensalada caprese le siguió pasta. Ana estaba impresionada. La cocina era para ella un territorio inexpugnable: habían llegado a pedirle que por favor no cocinara más desde que se las ingenió para quemar fideos.

Conversaron durante horas. Lukas había viajado ya por muchos lugares. Esto, sumado a su capacidad de observación y su natural desenvoltura lo convertían en un interlocutor excepcional. Le contó de culturas de las cuales ella sabía poco y nada; de músicos y bandas que jamás había oído nombrar y de escritores a los cuales a sus recién estrenados dieciocho años aun no había tenido tiempo ni oportunidad de leer. La admiración comenzó a abrirse paso en su interior. Al mismo tiempo se sintió infantil, poco interesante, insípida. A Lukas le importaba poco y nada que ella supiera de qué le hablaba. Sentía curiosidad por esa chiquilla, como la pensaba él. Lo embargó una imperiosa necesidad de conocerla mejor, de comprender qué se ocultaba tras esos grandes ojos oscuros de expresión ingenua. Como hábil conversador que era, desvió la atención hacia temas en los que, adivinó, Ana podría sentirse cómoda. La atracción mutua aumentaba inevitablemente a medida que transcurría la noche.

El destello de picardía volvió a asomar a los ojos de Lukas, y descorchó una segunda botella.

(to be continued…)


Historias inesperadas (I)

Hoy tengo ganas de contarles un cuento.

Ana María y Andrea, su amiga colombiana, se juntaban esa tarde a tomar un café en el centro de Múnich con algunos amigos y conocidos de Andrea. Como el clima era agradable -hablando en términos de clima alemán, quería decir ni más ni menos que ese día el sol asomaba tímidamente, pero entibiaba al fin; no había llovido y la temporada de nieve todavía se encontraba a un par de meses de distancia-, decidieron caminar. Andrea, que ya llevaba varios meses viviendo allí señalaba el rumbo, y Ana María se limitaba a seguirla totalmente fascinada, observando boquiabierta cada moldura, cada edificio, cada negocio, cada esquina. Desembocaron en una de las calles más importantes de la ciudad y siguieron caminando hacia al norte, mientras hablaban a voz en cuello y se reían a las carcajadas de quien sabe qué idea nueva o qué anécdota recurrente. De repente Ana sintió un tironcito suave en su brazo, y un muchacho rubio, de ojos azul celeste y mirada diáfana las increpó.

Hablaba perfecto español, con marcado acento cordobés. Se presentó como Lukas, les explicó que las había escuchado hablar al pasar y al notar que una de ellas hablaba como argentina no había resistido el impulso de detenerlas. Ana contestó que efectivamente ella era argentina. Extrañada todavía por la situación, y pensando en su fuero interno que era decididamente lindo, sintió ganas de quedarse con él charlando un rato más. Le explicaron que habían quedado ya en verse con unos amigos en un café y Lukas decidió ir con ellas. En el transcurso de la tarde les contó que tenía 24 años, 6 más que ellas; que había vivido varios meses en Córdoba como parte de un intercambio universitario y que era allí donde había aprendido a hablar español; que estudiaba Letras y hablaba varios idiomas. Las chicas a su vez le contaron que estaban instaladas por unos meses allí, que querían aprender alemán y que amaban la ciudad, su gente y su cultura. Entre charla y café, descubrieron que el mejor amigo de Lukas, Juan, era de la misma ciudad que Ana, y que el padre de ésta era a su vez muy amigo de la madre de aquél. Es que el mundo es un pañuelo, dijeron todos.

Charlaron un buen rato. Más de una vez las miradas de Ana y Lukas se cruzaron, y ella se descubrió incapaz de sostener la suya. Hacía ya tiempo que no sentía semejante timidez ante un hombre. La tarde pasó rápidamente y Lukas se levantó para retirarse. Ana deseó fervientemente que le pidiera su teléfono; sabía que quería volver a verlo. Él se inclinó y le pidió el número de celular a Andrea, quien se lo dio sin pensarlo dos veces. Ana disimuló su decepción rápidamente y compuso su cara con una sonrisa. Se despidieron, y ambas volvieron a casa. Tenían mucho que hacer: en unos días viajaban a Berlín con amigos y debían organizar todo para el viaje. La semana pasó tan velozmente que ninguna de las dos volvió a recordar aquel encuentro, y de repente se encontraron en el tren rumbo a la capital.

Una vez allí se dedicaron a recorrer todo Berlín: los restos del Muro, la Puerta de Brandenburgo, el Checkpoint Charlie y varios museos. Una noche, en la terraza del Parlamento alemán, desde donde disfrutaban la vista panorámica de la ciudad, Lukas envió un mensaje al celular de Andrea, pidiéndole el número de teléfono “de la argentina”. Andrea buscó inmediatamente a Ana María y le mostró el mensaje. Ambas se miraron.

(To be continued…)


Un minuto de silencio

Ayer a la tarde estaba estudiando con mi compañera de estudio en su casa, cuando apareció la señora que trabaja ahí y nos dijo: “Encontraron a Candela”. Contestamos al unísono: “¿¿¿Viva???”. “No”, contestó Josefa apesadumbrada. “La encontraron en una bolsa de basura”. Las últimas palabras me retumbaron en la cabeza. Salí disparada hacia el televisor, le dije a mi compañera bancá un toque que tengo que ver si es cierto, si ya es seguro que es ella. Y allí estaba todo, en todos los canales. Y se me llenaron los ojos de lágrimas. Y quería llorar un poco y no daba porque estaba ahí con más gente. Me quedé quietita, mirando la pantalla y pensando cómo podía caber tanta, tantísima maldad en una sola persona. O varias, no se sabe todavía. Cómo podía ser que pasaran estas cosas. Pensé en su mamá, que había dado vuelta cielo y tierra para encontrar a su nena. No soy madre siquiera, no puedo imaginar su dolor. Pero pienso en ambas y se me llenan los ojos de lágrimas otra vez.

Rabia. Impotencia. Frustración. Inseguridad. Más rabia.

Y una profunda desconfianza hacia la justicia (sí, con minúscula, la J le queda grande) argentina. Como bien dicen por ahí, es lenta pero insegura. Y en nuestro eternamente conflictuado país, injusta (y lo digo sin gota de cinismo). Muchas personas famosas salieron a pedir la pena de muerte para el/los infelices, hdrmp que hicieron esto. No estoy a favor de la pena de muerte por razones varias. Entre ellas, que se corre el riesgo de matar a un inocente por un error humano; que el que ejecuta a esa persona es tan asesino como el reo; que como castigo ejemplar no sirve porque en países donde se aplica la criminalidad no disminuyó ni un poquito; y la más importante de todas: porque sería hacerle un favor al criminal cambiarle pasar el resto de su miserable vida en la cárcel por una muerte en paz, que para colmo, le llegaría como una solución rápida. Lo ideal sería que vegetaran el resto de su existencia en prisiones de máxima seguridad, encerrados en el menor espacio posible, sin posibilidad de salir nunca más en su vida y con mínimo o nulo contacto con otras personas, dependiendo del delito. Suena utópico en un país donde no se especializan precisamente en encontrar a los culpables, y que cuando los encuentran los absuelven o dejan prescribir las causas, y cuando milagrosamente no ocurrió nada de eso los dejan salir antes de la cárcel con la condicional por “buena conducta”. No es cuestión de buscar venganza, lo importante es que se haga JUSTICIA. El daño es irreparable, pero que reciban su castigo y que los aíslen para que no puedan volver a cometer atrocidades.

A raíz de todo esto entré en http://www.missingchildren.org.ar/ . Están buscando a 187 Candelas. Hay 187 familias desesperadas por no saber de sus hijos. Hoy los invito a rezar, a hacer un minuto de silencio, a mandar buena vibra, mucha fuerza, o aquello en que crean a Candela, su mamá  y a todos aquellos chicos, papás, mamás, hermanos, abuelos que están pasando por la misma situación.

Candela, chiquita, descansá ahora en paz, ya nadie te puede volver a hacer mal.


A tu medida

Cuando era adolescente era bastante rellenita, tenía la cara llena de acné de todas las variedades, sobre moda sabía tanto como sobre filosofía rusa y los kilos de sobra me daban curvas donde no se supone que van. Demás está decir que encontrar ropa era todo un tema, que detestaba salir de compras porque significaba una frustración tras otra tras otra tras otra y que el día que escuchara decir a una vendedora “de tu talle no tengo” me iba a ir a las manos. Ni siquiera daba en la tecla con el corte de pelo. No era que tenía complejos; era un complejo en mí misma. En épocas en que todas las quinceañeras prácticamente competían para ver quién marcaba más huesos y a quién el jean o el guardapolvo les quedaba más suelto, mientras almorzaban un yogurcito de morondanga en la escuela, yo me bajaba con menos placer que culpa mi media docena de empanadas o el sandwich gigante de milanesa frita. No levantaba ni sospechas y el único chico que gustó de mí por más de un año (¡oh logro!) con el tiempo resultó ser gay (¡oh confusión!, menos mal que no me gustó porque lo vi venir). Al mismo tiempo éramos saturados con publicidades de modelos andróginas y esqueléticas que proyectaban menos sombra que un escarbadientes y posaban serias en las fotos o con cara de embole (calculo que por la falta de comida). Con ellas apareció también el boom de la anorexia y la bulimia, la palabra “curva” era mejor dejarla para las rutas y de repente el hambre, que era la desgracia de los pobres, se convirtió en moda. Y fueron varias las que cayeron en la redada.

Con el tiempo la cosa para mí fue cambiando, el acné se fue y la eterna pelea con el peine aflojó. Luego de un año en el exterior, donde engordé todavía más, conocí ya cerca de mis 20 a un tremendo bombón del cual todas andaban detrás. Y el bombón se fijó en mí. Durante el tiempo que estuvimos juntos, poco más de un año, me enseñó a aceptarme sin saberlo. Me quiso como era, y me mostró que mi cuerpo era lindo por ser mío y contenerme a mí y que no importaba nada más. En esa época, a costa de bastante sacrificio y mucha más voluntad, comencé muy de a poco a bajar de peso hasta deshacerme de los 12 kilos de más que flotaban sobre mi persona. Chau flotadores, chau supuesta estructura ósea grande a la que siempre le echaba la culpa: nunca era la media fuente de pastafrola de dulce de batata que me bajaba a escondidas a la siesta, o los dos platos hondos llenos de fideos, o las golosinas que contrabandeaba la abuela todos los días más todas las que me comía por recreo (le doy un premio al que nombre una golosina que no haya probado). Pero también chau curvas, equivocadas o no. Y cuando finalmente llegué a ser talle S, comenzó el bombardeo permanente de publicidades de mujeres exuberantes y cubiertas por jirones de tela cada vez más diminutos que difícilmente se puedan llamar ropa. Y no sólo publicidades, sino también programas de televisión, revistas para hombres y mujeres, de chimentos, de publicaciones más bien “serias”, volantes, pegatinas, internet, etcétera. Lo único que zafa hasta ahora es la radio y sólo porque no se puede ver, hasta que descubran cómo mandarte la mina semidesnuda (o ya desnuda directamente) por frecuencia. Aparecieron las “Niní”: ni bailarinas, ni cantantes, ni actrices, ni conductoras, simplemente exhibicionistas de lo que natura o el quirófano generosamente les dio, aprovechando el trampolín a la fama en que se convirtió cierto conductor nocturno bastante baboso y con dificultades para pronunciar las “L”. La tele se llenó de lolas y colas perfectamente redondas y sin sombra de celulitis. Y el circo se transformó en culto de masas. Y ahí muchas volvieron a caer en la redada. Y ahí dije basta. Una cosa es que hoy, a mis casi 25 años, lo pueda mirar desde otro lugar y me resbalen las imposiciones en la autoestima,  y otra muy distinta el hecho de que todavía están las “nosotras” de aquella época, en mayor cantidad y aún más confundidas: nenas de 13, 14, 15 años que sufren por no poder encajar y recurren a métodos cada vez más extremos con tal de lograr aceptación; desde la ingesta de una hoja de lechuga al día hasta el sexting, las fotos en poses seductoras en Facebook, sms, y cuanto medio tengan a su alcance. Con más presiones e insatisfacciones y poca idea de todo el potencial que tienen para ofrecer, aturdidas en una sociedad que aparentemente sólo premia a la gente por el solo hecho de sacarse la ropa y mostrar sus partes. No es de extrañarse que no sepan qué hacer. Y la culpa es nuestra por consumir todo eso. Y me da mucha pena.

Fito, aunque a todas luces derrapó feo en declaraciones recientes, tuvo razón en esto: es sólo una cuestión de actitud. He visto a mujeres hermosas desvalorizarse, y mujeres no tan agraciadas hacer magia. En el día a día, en la interacción con el otro, no hay maquillaje que tape una expresión agria ni Photoshop que borre la inseguridad. Es cuestión de tener una mirada más benevolente sobre nosotras mismas, de aprender a disfrutarnos, valorarnos, a despegarnos de la mirada del otro y del culto a la belleza a cualquier precio.

Y vos, ¿viviste situaciones parecidas?


Rutas argentinas (I)

Este fin de semana viajé a San Luis. Parte mi familia vive allí y habían organizado una fiesta familiar multitudinaria. Como somos una familia bastante grande y muy unida, es siempre un placer reencontrarnos. Con mis primos nos queremos como hermanos; a pesar de que vivimos en provincias diferentes tratamos de mantener contacto lo más seguido posible y mantenernos al día con todo lo que nos va pasando. Cada vez que asoma reunión en el horizonte todos sin excepción nos preparamos para viajar, y siempre resulta tremendamente divertido.

A pesar de haber viajado a San Luis en muchas ocasiones, siempre me llama particularmente la atención la belleza de los paisajes. Desde la ruta misma el contraste entre el paisaje sanjuanino y el sanluiseño deviene evidente: del desierto agobiante de mi provincia, al cruzar el límite provincial, comienza a verdear cada vez más. De repente una sierra, y otra, y otra y bastante cubierto de verde. Tan distinto a San Juan con sus montañas altísimas, secas y duras, como talladas a cincel, con algunas plantas autóctonas cada tanto, tan salpicadas en la superficie estéril que las montañas de lejos no se ven nunca verdes, sino azules, blancas o violetas. Totalmente diferente, pero igual de bello e imponente.

Recorrer las rutas de esa provincia es también un placer. Si bien la señalización a veces resulta quizás un poco insuficiente (dado que nos perdemos casi sistemáticamente a pesar de conocer bastante bien), el estado de las mismas es excelente. El camino al Trapiche, por ejemplo, está enclavado en gran parte en la sierra, de modo tal que se va bordeando todo, ofreciendo una perspectiva bellísima.

Entre los puntos turísticos más concurridos se encuentran: la réplica del Cabildo Histórico y de la Pirámide de Mayo en la ciudad de La Punta, recientemente fundada (llama poderosamente la atención el hecho de que lo construyeran literalmente en el medio de la nada); el Centro de Producción de Cine y Televisión de La Punta; el Trapiche; Potrero de los Funes, Merlo, etc.

En fin, quería contarles nada más un poco de lo que pude ver. En otro orden de cosas, apenas llegué del viaje salí para ver el recital de No Te Va Gustar. Son buenísimos tocando en vivo, si todavía no los han escuchado les recomiendo que vayan. Le ponen mucha onda y realmente suenan muy bien.

¡Buen comienzo de semana para todos!


Y el ganador es….

CACARULA!!!! La encontró! La imagen era ésta:

 

Y les dejo este tema, dado que vienen el domingo para acá y los voy a ir a escuchar:

 

¿A alguien más le gusta? Buen finde a tod@s!!!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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