Archivo de la etiqueta: Lukas

Historias inesperadas (II)

Andrea sonrió y bajó la mirada. Le preguntó a Ana si quería que le pasara el número o si prefería que le contestara con alguna evasiva, aun adivinando la respuesta. Ana reflexionó en silencio unos instantes, sabiendo que habían códigos de por medio que era mejor no romper. Andrea comenzó a escribir el número de Ana y envió el mensaje con una mueca entre burlona y divertida.  Su amiga suspiró aliviada. Siguieron conversando animadamente, hasta que minutos más tarde el celular de Ana sonó. Lukas la invitaba a cenar. Le contestó que se encontraba en Berlín, que en pocos días estaría de vuelta y que también le gustaría verlo de nuevo.

Cuando finalmente llegaron a Múnich Lukas llamó para coordinar. Quedaron en que Ana tomaría el subte hasta Münchner Freiheit, en pleno corazón muniquense, donde Lukas pasaría a buscarla alrededor de las ocho. Cuando llegó la noche señalada, Ana se arregló lo mejor que pudo. Cambió varias veces de vestuario frente al espejo. Nada la convencía del todo. Los kilos ganados en los meses que llevaba viajando le resultaban difíciles de disimular. Por suerte es invierno, se consolaba a sí misma, con toda la ropa que necesito para resguardame del frío tal vez no se note. Se decidió finalmente por un estilo más bien casual, se maquilló levemente y partió con un nudo en el estómago.

Para llegar debía hacer varias combinaciones. Caminó hasta la estación de tren con paso veloz; no quería llegar tarde. Iba bajando la escalera cuando sintió el sonido característico del tren al arribar al andén. Maldita puntualidad alemana, farfulló entre dientes, mientras saltaba los escalones de tres en tres a riesgo de doblarse un tobillo en la carrera. Las puertas comenzaron a cerrarse y Ana María saltó hacia el interior. Todavía agitada buscó un asiento y se observó en el reflejo de la ventanilla. Ya estaba despeinada. Fastidiada, cerró los ojos, mientras mentalmente repetía todas las paradas que todavía debía atravesar para llegar a destino.

Los venticinco minutos exactos que duró el viaje, en su ansiedad, le parecieron una hora y media. Descendió en Marienplatz, donde debía abordar el subte. Insegura, buscó los carteles de señalización; aun no se encontraba familiarizada con la red de transporte de Múnich a pesar de que era considerada una de las más organizadas de toda Europa. Encontró el subte correspondiente, chequeó que la dirección también fuera la correcta y esperó. Cinco minutos después abordaba.

Llegó a Münchner Freiheit con el corazón acelerado. Le escribió un mensaje a Lukas para avisarle que ya se encontraba allí, como habían convenido. Transcurrieron cinco minutos. Diez. Ana comenzó a impacientarse. ¿Y si no se reconocían? Después de todo no se habían visto durante mucho tiempo y de esto hacía ya un par de semanas. Comenzó a caminar, cavilando, de una punta a la otra. En eso estaba cuando apareció Lukas, con paso apurado, disculpándose por la demora. La saludó apresuradamente con un beso en la mejilla, y se ruborizó ligeramente cuando le confesó que debía ser uno de los pocos alemanes para quienes la puntualidad era una batalla perdida de antemano. Ana María sonrió asegurándole que no había esperado tanto de todas maneras. El nudo en su estómago no parecía dispuesto a ceder ni un milímetro.

Lukas la guió por las calles de Schwabing, donde se encontraban. A pesar de la hora la noche ya se había cerrado sobre ellos. Ana no lograba discernir exactamente dónde se encontraba. De repente desembocaron en una casa enorme, bellísima, de estilo señorial, y él sacó una llave de su bolsillo. Ana María se sobresaltó. Había entendido que saldrían a cenar a un restaurante, un lugar neutral, y se encontró cruzando el umbral de la casa de un perfecto desconocido, en un país donde ni siquiera hablaba todavía el idioma, donde nadie sabía donde estaba en ese momento. Reacomodó rápidamente la expresión de su cara a una sonrisa lo más distendida posible.

La llevó hasta el piso superior. Le explicó que la casa había pertenecido a sus abuelos y que ahora la habían subdividido con sus tíos. Ingresaron en la cocina y Lukas descorchó una botella de vino que había comprado especialmente para la ocasión. Con un destello de picardía en la mirada le enseñó el lugar de origen. Era el de la provincia de Ana. Ella sonrió, halagada de que hubiera reparado -y recordado-el detalle. Sirvió la bebida en dos copas y terminó de dar los últimos toques a la comida.

Lukas sabía cocinar, y muy bien, de hecho. A la ensalada caprese le siguió pasta. Ana estaba impresionada. La cocina era para ella un territorio inexpugnable: habían llegado a pedirle que por favor no cocinara más desde que se las ingenió para quemar fideos.

Conversaron durante horas. Lukas había viajado ya por muchos lugares. Esto, sumado a su capacidad de observación y su natural desenvoltura lo convertían en un interlocutor excepcional. Le contó de culturas de las cuales ella sabía poco y nada; de músicos y bandas que jamás había oído nombrar y de escritores a los cuales a sus recién estrenados dieciocho años aun no había tenido tiempo ni oportunidad de leer. La admiración comenzó a abrirse paso en su interior. Al mismo tiempo se sintió infantil, poco interesante, insípida. A Lukas le importaba poco y nada que ella supiera de qué le hablaba. Sentía curiosidad por esa chiquilla, como la pensaba él. Lo embargó una imperiosa necesidad de conocerla mejor, de comprender qué se ocultaba tras esos grandes ojos oscuros de expresión ingenua. Como hábil conversador que era, desvió la atención hacia temas en los que, adivinó, Ana podría sentirse cómoda. La atracción mutua aumentaba inevitablemente a medida que transcurría la noche.

El destello de picardía volvió a asomar a los ojos de Lukas, y descorchó una segunda botella.

(to be continued…)


A %d blogueros les gusta esto: